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Flujos políticos del siglo 21


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Producir el Odio

prenden-fuego-a-una-persona-en-Altamira-1320x743Después de 50 días de intensa movilización social y política en Venezuela por la disputa del poder ejecutivo, se observa la cristalización de un peligroso dispositivo de agitación social, asedio y descalificaciones morales activado por la derecha venezolana, que podría estar creando las condiciones para un “movimiento reaccionario de masas” que le abra las puertas a una cultura de odio e incluso una cultura política fascista en Venezuela.

La violencia en la política no aparece de forma espontánea ni tampoco se va sin dejar efectos: llega para romper con un orden de cosas y si está dispuesta a quedarse como forma de gobierno, instala un nuevo orden de relaciones más asimétrico y desigual como única vía para sostenerse. Por esto debe prestarse atención cuando una fuerza política que pretende dirigir una sociedad, renuncia a sus propias habilidades políticas y apuesta por la violencia como mecanismo para hacerse de una posición de dominio, porque más allá de conseguir sus objetivos o no, estará anidando las condiciones para horadar los tejidos sociales que armonizan a una sociedad imponiendo una contracultura de odio, donde se confunde la idea con la persona, la doctrina con la parcialidad y se niega la cooperación por la labor común,  haciendo encallar los esfuerzos por lo público y la paz. Todo ello podría acabar con la política como el espacio que dirime y gestiona diferencias, y con la sociedad como el lugar de los comunes.

En 50 días continuos de movilizaciones por parte de la derecha venezolana para forzar la salida del Presidente Nicolás Maduro, se observa la construcción de un dispositivo que combina un amplio espectro de tácticas de presión política: 1) nutridas manifestaciones de calle de interpelación democrática (elecciones ya), 2) un intenso lobby diplomático internacional para vender “una crisis política y humanitaria sin precedentes”, 3) activación de grupos “de resistencia” de calle visiblemente dotados de equipos y logística para acciones violentas de choque, 4) activación de grupos paramilitares que operan en silencio para generar miedo, mediante atentados en vías públicas, secuestros a oscuras y asesinatos selectivos a jóvenes afectos a la misma oposición y a jóvenes y dirigentes afectos al chavismo, 5) asedio moral y amenazas físicas a funcionarios e hijos de funcionarios públicos (chavistas) en todo el mundo, 6) linchamientos a jóvenes sospechosos de “infiltrados chavistas” en las manifestaciones opositoras, y 7) una épica comunicacional que, anclándose en el mar de imprecisiones, rumores y pasiones que ofrecen las redes sociales, sortea el manejo de símbolos para darle sentido al odio en dos direcciones: heorización acciones y sujetos violentos como vanguardia de resistencia política y aniquilamiento de la condición de sujeto político del chavismo, sus símbolos, programa y representantes.

La agudización de la violencia en el performance de la derecha venezolana aparece como respuesta extrema al nulo cumplimiento de los objetivos políticos que se ofrecieron para sí como élite dirigente y, por suposición, para su base de apoyo: liberación de presos políticos, elecciones generales de inmediato, canal humanitario para medicinas y alimentos, y anulación de inhabilitaciones políticas para algunos de sus líderes por casos de irregularidades administrativas.

Esto no es nuevo para la derecha venezolana. A simple vista, tal como sucediera en el año 2000 durante el paro petrolero que buscó derrocar al presidente Hugo Chávez, lo más fácil sería decir que la violencia como método, su acción política pareciera responder al reflotamiento de un sustrato ideológico o esencia conservadora que vuelve a empuñar los principios de la supremacía moral, de clases y razas “superiores”, abrogándose para sí el derecho a ocupar el poder y a exterminar al adversario político. Sin embargo, este simple esquema de análisis ocultaría las relaciones orgánicas, muy pragmáticas, entre intereses económicos elitescos y el fascismo como herramienta para imponer regímenes brutalmente desiguales.

A propósito de las experiencias históricas de los años ‘30 y ‘40, se asoció fascismo con “totalitarismos duros” ejercidos desde el Estado, sin embargo, lo que la “nueva derecha” está enseñando en Venezuela y en Latinoamérica es que de la mano de la crisis económica, el fascismo se construye a nivel microscópico antes de convertirse en Poder de Estado, se expresa como posturas, hábitos, actitudes y máximas de comportamiento. Es por esto que la producción de prácticas de micro-fascismo político contra personas afectas y líderes de gobiernos de izquierda, apoyadas en los discursos de “antipopulismo”, “narco-estados corruptos” y “Estados asesinos”, así como con el recrudecimiento del fascismo social, signado por la “aporofobia”[1], xenofobia y discriminación, constituyen estrategias regresivas (extremas) de producción gradual de condiciones culturales (sentidos comunes) para que las mayorías se convenzan de aceptar (incluso considerándolos necesarios) el retorno de la derecha al poder, y el aniquilamiento no sólo de los líderes de la izquierda latinoamericana sino de la alternativa ideológica y política que estos representan.

Los mecanismos del odio político

Para que el odio “antipopulista” sea eficaz como política, debe encontrar un terreno fértil y unos mecanismos para desarrollarse. La estrategia de aniquilamiento del adversario político, comienza con una guerra de orden moral que se aplica por distintas vías. En esta coyuntura política en Venezuela, se abrió aplicando el lawfare[2] -el uso instrumental de artilugios jurídicos que tienen como objeto la persecución política, destrucción de imagen pública e inhabilitación de un adversario político- ya aplicado en Brasil, Argentina y Peru[3]. Tareck El Asami, el vicepresidente de la República, sería el escogido como blanco del Departamento del Tesoro de Estados Unidos para inculparlo – sin pruebas públicas fehacientes- de vinculaciones con el narcotráfico, con la intención de instalar la idea del Estado venezolano como un “narco-estado” y “estado corrupto”.

Sobre la base de estas aseveraciones se levanta un plan de asedio hacia funcionarios públicos y familiares de funcionarios dentro y fuera de Venezuela. Desde las primera semana de mayo, surge un google maps donde están ubicados todos los nombres, teléfonos y direcciones de funcionarios públicos y familiares de altos dirigentes del chavismo en el extranjero, así como el calendario de actividades políticas de chavistas en el exterior: Robolucionarios en el exterior. Desde entonces, se han suscitado más de 10 episodios de persecuciones y asedio moral o “escraches” a embajadores, cónsules, ex-ministros, hijos de altas autoridades públicas en España, Australia, Suiza, entre otros[4] que se han hecho virales en redes sociales. En Venezuela, incluso llegaron a golpear a un hombre (de oposición política a Maduro) en un centro comercial de Caracas por confundirlo con un diputado chavista[5]. Su argumento: “son cómplices de un gobierno corrupto y asesino”. Lo más sorprendente, es el gradiente de odio que le agregaría César Miguel Rondón -influyente periodista- a estas acciones: “¿cómo se siente ser vituperado en todo el planeta? ¿Que no haya sitio dónde esconderte, avión dónde volar ¿Que ya no tengas paz jamás? –(@cmrondon) 12 de mayo de 2017”. Paralelamente, en la última semana de abril y la primera de mayo, se golpea el principal símbolo del Chavismo: en localidades del cuatro estados del país, se derriban y queman cuatro (4) estatuas del Presidente Hugo Chávez.

Un gobierno asesino: significar la violencia del lado del adversario y victimizarse.

 La construcción del argumento del “estado represivo” y “asesino” se construye a través de la activación de “grupos de resistencia” o grupos de choque en las movilizaciones de calle de la oposición (jóvenes con máscaras anti-gas, escudos con cruces de La Inquisición, bombas molotov, sopletes y gasolina, resorteras para lanzar piedras y el novísimo “puputov” -bombas hechas de excremento humano-), que intentan pasar al centro de Caracas, donde se concentran todas las instituciones del poder público, y se enfrentan a los cuerpos de seguridad del Estado quienes les bloquean a través de gas lacrimógeno y agua, dadas las agresiones al patrimonio y a personas que grupos de oposición otrora han realizado en esta zona de la ciudad. La intención: fabricar las fotos de la represión del gobierno de Nicolás Maduro hacia “los muchachos”, sujetos victimizados y, al mismo tiempo, heroizados como símbolos de la resistencia política a un “régimen represivo y violento”.

Durante las manifestaciones, al 19 de mayo se contabilizaron 55 personas fallecidas: 14 han fallecido durante saqueos, 8 por accidentes de tránsito provocados por barricadas, 6 por disparos de cuerpos de seguridad ante lo cual existen 23 efectivos detenidos o solicitados, 3 por bandas criminales, 15 transitaban cerca de la manifestación pero no participaban, 3 han sido efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana, 8 están investigándose hasta el momento[6].

Vale destacar que desde este tipo de acciones en Caracas, se complementan con otras acciones al interior del país: promoción de saqueos a establecimientos comerciales en zonas “controladas” por los “grupos de resistencia” a cuyos dueños amenazan con atacar si mantienen abiertos sus negocios, al tiempo que imponen barricadas o líneas de obstáculos para bloquear vías y cobrar peaje para permitir la circulación, con la intención de generar la sensación de control territorial de parte de grupos paraestatales.

El argumento de la violencia con cara chavista bebe del caldo de cultivo de su previo desprestigio moral, para hacer síntesis en la deshumanización del adversario: si es chavista puede ser insultado, humillado, quemado y hasta puede morir. El odio comienza a mostrar su peor cara: los “grupos de resistencia” o intimidación que activó la derecha venezolana no sólo incendian camiones de PDVSA y de la telefónica nacional (CANTV), bloquean vías, roban armas a los funcionarios de los cuerpos de seguridad del Estado, y escenifican y toman fotografías de un policía al que pretenden degollar. También linchan “infiltrados chavistas” dentro de sus propias manifestaciones, golpeándoles, apuñaleándoles e incluso quemándoles vivos[7]. Asimismo, la derecha hace uso de grupos paramilitares que operan asesinatos selectivos para infundir mensajes de miedo, tal como sucedió con el caso de Pedro Josué Carrillo en el estado Lara, a quién el 16 de mayo secuestraron en las inmediaciones de su lugar de residencia: identificándole como chavista lo obligaron a montar en una camioneta y el día 18 de mayo su cuerpo apareció quemado y con dos disparos en la cabeza[8].

Subjetividades reaccionarias y responsabilidades

Lejos de hacer análisis aéreos, habría que dejar sentado que cuando se es dirigente y se aspira a llegar al poder del Estado, se debe ser responsable de lo que se auspicia. En el día 50 de las manifestaciones de la derecha en Venezuela, el dirigente Enrique Capriles Radonsky, en su alocución de cierre de la marcha convocada para ese día, coronó la estrategia de derecha de asedio moral contra el chavismo. Insultó – con la más grave ofensa que se puede propinar a un venezolano- al Presidente de la República, Nicolás Maduro, como el “coño e’ madre” de Miraflores. Esta frase coreada por las masas que le asistían, retrató la génesis de un “movimiento reaccionario de masas” donde se incuban subjetividades fascistas que no sólo toleran, sino que suscriben el aniquilamiento físico y moral de los adversarios políticos. Un movimiento de estas características al desarrollarse, propagarse e institucionalizarse no sólo es un fatídico instrumento de exterminio humano sino que resulta un poderoso instrumento-político-cultural del capital para liquidar las fuerzas sociales y políticas de izquierda.

Resulta sorpresivo que Capriles Radonsky, luego de haber invertido casi una década en la construcción de un estrategia política anclada en el discurso de la reconciliación nacional y la interlocución con sectores populares afectos al chavismo, con esta intervención se reubique como vanguardia de la violencia política, como la más peligrosa táctica de polarización social. No sólo porque está echando por la borda la trayectoria de sus esfuerzos políticos, sino porque automáticamente se convierte en agente de una propuesta política de exterminio y odio en Venezuela.

Bajo estas condiciones, lo que la oposición venezolana hace es transformar de un soplo la opción de “El Cambio” por la oferta de un gobierno de exterminio y bajo estas condiciones el juego político en Venezuela seguirá trancado. Veremos cómo reaccionará el país cuando desde ya las fuerzas progresistas han convocado a una gran movilización política de calle para rechazar la opción de odio que se instala en la derecha venezolana.

 

[1] “alusión al rechazo, miedo y desprecio hacia el pobre, al desamparado, ese amplio segmento social que queda fuera del contrato tácito entre individuo y sociedad, en el que hay que dar para recibir. Ellos no dan, ergo, no merecen[1]. Y, en consecuencia, hay que anular a sus líderes y derribar o impedir gobiernos que los incluyan”: http://www.celag.org/los-profetas-del-odi/

[2] http://www.celag.org/lawfare-la-judicializacion-de-la-politica-en-america-latina/

[3] http://www.celag.org/los-profetas-del-odi/

[4] http://informe21.com/politica/el-escrache-otra-forma-de-protesta-contra-el-chavismo-en-el-mundo-videos

[5] http://www.reporte1.com/opositores-agredieron-a-comerciante-del-ccct-al-confundirlo-con-un-chavista-video/

[6] http://albaciudad.org/2017/lista-fallecidos-protestas-venezuela-abril-2017/

[7] https://actualidad.rt.com/actualidad/238996-opositores-prender-fuego-hombre-venezuela

[8] https://goo.gl/OAM4ed


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Venezuela y el eterno retorno conservador: la violencia

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Escrito junto a Camila Vollenweider @mcvollenweider

Luego de tanto luchar experimentando nuevas rutas tácticas que le permitieran construir una base de apoyo popular para ganar en los pasados comicios parlamentarios de diciembre de 2015, la oposición venezolana parece haber visto truncadas sus posibilidades democráticas y constitucionales de llegar al poder ejecutivo y regresa a la violencia como mecanismo inercial de su acción política.

Imbuida en profundas divisiones internas y pugnas por el control del hemiciclo, la oposición cayó en la trampa del conflicto de poderes con el chavismo. Obsesionada por la liberación de los “presos políticos”, despilfarró el instrumento político más importante con el que contaba para continuar creciendo bajo la oferta de “El Cambio”. Seis meses bastaron para dilapidar el capital político que tenía en diciembre de 2015 y convertirse en un archipiélago de fracciones con intereses particulares, absolutamente inútil para un sector de la población -que realmente esperaba sirviera como herramienta efectiva para solucionar los problemas económicos que más aquejan al país-. Hoy, la debilidad de las facciones “electoralistas” y la impronta divisionista que define a la MUD (Mesa de la Unidad Democráticas) frustran todo esfuerzo por el diálogo político nacional, dejando el terreno libre para que se impongan los sectores más extremistas de la oposición venezolana hegemonizados por el partido Voluntad Popular. Los mismos creadores de “La Salida” en 2014 han desplazado a los creadores de “El Cambio” en 2015, marcando la agenda de este momento.

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Luego de la gran movilización que lograra la MUD a comienzos de septiembre de 2016, se dio un quiebre importante en la expectativas de la base social opositora respecto a sus líderes, dada la errónea oferta que hicieran a sus seguidores luego del triunfo electoral parlamentario. Vendieron una fantasía: luego de una gran marcha en el este de la ciudad de Caracas o de un pronunciamiento en la Asamblea Nacional, automáticamente Nicolás Maduro saldría del poder. Con una frustración generalizada en su base de apoyo, este quiebre habría sumido a la oposición a niveles bajísimos de movilización de calle, abrupta pérdida de la popularidad de sus líderes y, lo peor: el incremento de la popularidad de Nicolás Maduro que llegó al 30% en enero 2017 luego de un difícil 2016. Este nivel de asfixia política les exigió hacerse de una estrategia de polarización de corto plazo. En un claro reconocimiento de sus incapacidades para armar rutas políticas de sello nacional, retomaron nuevamente el camino más fácil: buscar apoyo en el padre imperial (Estados Unidos) y calentar las calles combinando movilizaciones de la vanguardia política y grupos de choque que permitieran construir retratos de victimización de la oposición y abuso de poder (represión) por parte del Gobierno. El objetivo: encender la indignación y el ánimo de una base social de apoyo que ya no daba nada por ellos.

Recambio táctico: cualificando los sentidos de la violencia

Los signos del recambio táctico de la derecha se comenzaron a observar desde el 15 de febrero –pocos días después de que el gobierno estadounidense sancionara al vicepresidente venezolano por sus presuntos vínculos con el narcotráfico- cuando Trump recibió a Lilian Tintori. El presidente norteamericano expresó entonces su preocupación por Leopoldo López, a quien llamó “prisionero político”. Durante la semana anterior, otros opositores viajaron a EEUU: Freddy Guevara, Armando Armas y José Gregorio Correa[1]. Aquí se comenzaba a perfilar que la nueva ofensiva conservadora contaría con un expedito “apoyo” norteamericano y la pasarían a liderar los radicales: Voluntad Popular.

  1. La explícita presión internacional

Esta vez, Estados Unidos se comprometió seriamente con esta tarea: desde el 19 de febrero al 20 de Marzo, Estados Unidos hizo 11 pronunciamientos públicos y emitió 4 documentos (comunicados, informe sobre DDHH y resoluciones) sobre la “preocupante” situación venezolana, desde las más importantes vocerías: el Presidente Trump, el Departamento de Estado en voz de Rex Tillerson y Mark Toner, el Senado y el embajador en la OEA. Igualmente, dejó ver sin pruritos su lobby en la OEA y el sólido respaldo a su Secretario General, Luis Almagro, quien asume con gran vehemencia su papel como agitador y operador internacional de la narrativa y diplomacia conservadora en torno a la situación política venezolana. Almagro, entre el 28 de febrero y el 19 de abril, desarrolló 4 sesiones extraordinarias -donde emitió resoluciones fraudulentas (sin consenso y violando abiertamente la normativa interna) sobre Venezuela-, armó un bloque de 11 países (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Paraguay, Perú y Uruguay) cuyas cancillerías se alinean para fustigar al Gobierno de Venezuela e hizo pronunciamientos diarios en la prensa mundial y en redes sociales.

Aún cuando la estrategia comenzó a mostrarse a mediados de febrero con estos primeros movimientos, su desarrollo se evidencia en las calles de Venezuela desde hace 24 días. ¿Qué se busca? imponer un ambiente de “ingobernabilidad” que retrate el colapso de una república o, más bien, coronar una estrategia de asedio multidimensional a un país soberano.

  1. “La Salida” reloaded

“La Salida” de 2014  tuvo una duración de 2 meses, dejó un saldo de 43 muertos y más de 800 heridos y se caracterizó por barricadas, trampas mortales para motorizados y transeúntes, asedio e incendio de instalaciones del Estado, y atrincheramiento en urbanizaciones de clase media y alta. Quedó para la historia de la oposición y del país como la ineficaz revuelta de los ricos para asaltar por vías no democráticas el poder político en Venezuela. A diferencia de 2014, “La Salida 2017” que tiene casi un mes y ya cuenta con 26 muertos y más de 300 heridos, se gesta en condiciones objetivas y subjetivas distintas: en medio de una difícil situación económica luego del desplome de los precios del petróleo, y en el marco de un abierto conflicto entre los poderes del Estado que debilita la utilidad de las instituciones públicas y restringe el debate político a partidos, generando apatía y desesperanza en las mayorías sociales. Esta versión de “La Salida”, entonces, juega en una arena socio-política particular y, sobre todo, parece tener claros los errores anteriores.

En esta oportunidad, las líneas de sentido de la protesta se reorganizaron. Se combinaron los recurrentes discursos conservadores sobre “dictadura” y “falta de libertad de expresión” junto a apelaciones sobre la crítica situación económica de las clases populares y la postergación de la participación electoral. Sobre todo, se construyó un discurso de interpelación al bloque conservador internacional para que interviniese sobre la situación venezolana: 1) “Dictadura”, apelando a una ramplona argumentación liberal sobre la no-independencia de poderes (aún cuando la Fiscal General se pronuncia contra el Tribunal Supremo de Justicia y el Legislativo opera por cuenta propia en manos de la oposición política), se achacaron hasta el cansancio términos como “ruptura del orden constitucional” con la intención de buscar convencer, sobre todo internacionalmente, sobre el colapso del Estado; 2) “Máxima presión internacional”: el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, no tuvo consideraciones soberanas de ningún tipo al solicitar a Donald Trump intervenir en Venezuela: “es muy importante para nosotros que el presidente Trump sea un factor de ayuda para crear la máxima presión internacional sobre el gobierno de Nicolás Maduro (…) Venezuela no es ya un problema local de gobernabilidad y autoritarismo sino una enfermedad contagiosa que tiene raíces y tentáculos en todos los problemas de la región (…) EEUU podría prohibir el intercambio comercial o político con Venezuela, imponiendo la Carta Democrática Interamericana de la OEA, lo que significaría el aislamiento completo de Venezuela: un país bajo cuarentena”[2]; 3) Recuperar la “Presión de Calle”, la línea argumental de las movilizaciones apelaron a un referente chavista para levantarse: “el poder popular”. Juan Guido, diputado de Voluntad Popular, fue portavoz de la usurpación de este sentido:“Cuando se cierran todos los caminos el poder originario, que es el poder popular, se manifiesta a través de las calles y del ejercicio de la protesta. Es fundamental que todos salgan a expresarse, y razones hay miles, porque lo fundamental es el espacio completo de participación de la gente”. Es claro que, combinando referentes que el chavismo instaló en el sentido común político y provocando indignación con violencia, calculaban que podían hablarle a un chavismo blando, movilizar a su base de apoyo desmoralizada y lograr retomar el nivel de movilización de septiembre 2016. Sus números así lo confirman: ORC Consultores afirma que desde el 1 de abril hasta este martes 18, las protestas políticas pasaron a ser el 92% de las manifestaciones en el país. Mientras que, en el primer trimestre del año, éstas representaron apenas un poco más del 20%[3].

  1. Cundirse de pueblo: ganar simbólicamente territorios chavistas

Con la perfomance de la violencia y del despliegue territorial también intentaron agregar valor simbólico a la estrategia. Buscaron coronar el sentido del que carecieron en 2014: ocupar simbólicamente territorios chavistas a través de acciones violentas de desestabilización a escala local, para dejar de mostrarse como una minoría clasista y construirse como pueblo mayoritario. Para la tercera semana de “presión de calle” pasaron de protestas en las grandes arterias viales, calles y plazas de las zonas acomodadas de Caracas, a convocatorias en barrios populares donde históricamente el chavismo había hegemonizado.

Territorializar la violencia fue la apuesta de la tercera semana de presión de calle: 26 puntos para emprender protestas en barrios populares de Caracas fue la pauta que sostuvieron luego del triunfo democrático del país con las multitudinarias marchas chavista y de oposición el pasado 19 de abril. El día 20 amaneció con escaramuzas violentas en el Este de Caracas (histórico territorio de la derecha), barricadas, quema de cauchos, bombas molotov hacia la Guardia Nacional y fotos. La Vega y El Valle (lugar donde se crió Nicolás Maduro) fueron los barrios elegidos: dirigentes de Primero Justicia y Voluntad Popular, a oscuras, cerraron calles, promovieron saqueos y atacaron el Hospital materno-infantil “Hugo Chávez Frías”, que tuvo que ser evacuado. Llama la atención que, pese a que sostenían que las protestas eran espontáneas porque la situación país “ya no se aguanta más”, en las paredes de los edificios se proyectaron sofisticados hologramas que decían: “Maduro, el pueblo tiene hambre”, “Maduro dictador”. Esa larga noche que contó con la participación de bandas armadas de la delincuencia común que acompañaron las “manifestaciones políticas”, dejando un saldo de 10 muertos y una decena de heridos. Este experimento de violencia quirúrgica para generar miedo y debilitar simbólicamente al chavismo permitió corroborar la tesis del gobierno: existe relación entre líderes de estos partidos de oposición y factores de la delincuencia organizada en el país. También, permitió confirmar que el “apoyo” del norte no sólo implicó respaldo mediático y diplomático, sino que había mucho dinero detrás de este recambio táctico.

En los días subsiguientes, las protestas volvieron a ser de día, en las grandes arterias viales. La “Marcha del Silencio por los caídos” volvió a tener el rostro de las jóvenes estudiantes de cabellos rubios y rasgos perfilados, y el destino fue la Conferencia Episcopal Venezolana. Los discursos de la “presión de calle” se convirtieron en “Elecciones Ya” aún cuando dirigentes del peso como Capriles Radonsky y Luis Florido, de Voluntad Popular, expresaron que no aceptarían elecciones fraudulentas, y sugieren que la OEA asuma la organización de las elecciones. Sin embargo, ese mismo día una declaración de Henry Ramos Allup, presidente del partido Acción Democrática, deja en el ambiente incertidumbre respecto a una posible escalada de violencia para la cuarta semana de abril: “hoy es un homenaje de silencio a todos los caídos y muertos (…) incluso a las víctimas potenciales y eventuales que seguramente habrá en los próximos días”. El día después, 24 de abril, la oposición convocaba a un “Plantón Nacional” -tranca de las arterias viales de las principales ciudades- que en horas de la mañana registró una baja participación de manifestantes de oposición, y en horas de la tarde sorprendió con hechos violentos en los estados Mérida y Barinas: personas en motos dispararon a una manifestación chavista y a otra de oposición, dejando un saldo de 3 muertos y 6 heridos. Nuevamente, ante el reflujo de la participación en las calles la violencia como instrumento de polarización reaparece.

Ante tales acontecimientos, la opinión pública nacional se pronuncia contra la violencia y en las redes sociales se impone la ridiculización de protestas que no terminan de cumplir la oferta engañosa que siguen ofreciendo la oposición a sus bases: sacar a Maduro del poder. En las calles se comienza a escuchar el hastío por una cotidianidad en zozobra que ralentiza a un país que exige respuestas para la situación económica.

Mientras tanto, el Gobierno de Nicolás Maduro que sigue mostrando el control institucional y militar, vuelve a llamar al diálogo político, anuncia su voluntad a ir a elecciones y retoma el discurso de las preocupaciones nacionales (los problemas económicos y de la producción), sobre las cuales pareciera ser el único actor político que se ocupa en el mar de complejidades financieras que afronta el Estado. El domingo 23 de abril, el Presidente de la República anunciaba que en los próximos días promoverá un “desencadenante histórico popular” que marcará el ritmo de los acontecimientos. Veremos.

[1]http://www.diariolasamericas.com/america-latina/diputados-opositores-buscan-acercamiento-el-gobierno-trump-n4114487

[2]http://misionverdad.com/la-guerra-en-Venezuela/julio-borges-optimista-con-que-eeuu-intervenga-venezuela

[3]http://www.caraotadigital.net/investigacion/marcha-opositora-19-abril/