intercomunal

Flujos políticos del siglo 21

Seducción de nuevos públicos y construcción de hegemonía

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A propósito de la Nueva Ministra de Comunicación e Información y los comentarios de @NicolasMaduro sobre Medios Públicos con Público, monto aquí mi espiche y notas de lo que fue mi ponencia en Octubre 2012 cuando el Foro “Comunicación y Revolución: Desafíos para la Nueva Etapa”.

La Comunicación, un campo de batalla político

En el proceso de construcción de una narrativa sobre la nación, la patria; en la construcción de un horizonte de sentido colectivo, de un ideal de futuro, de unos referentes de lucha, el asunto comunicativo en sus esferas más públicas, es fundamental para la construcción de referentes comunes que nos hagan reconocernos como iguales. En ese sentido es indispensable para la construcción de una nueva hegemonía política y cultural.

Esto no es minúsculo para una sociedad que camina hacia el Socialismo, si algo nos hizo el Capitalismo, la ideología liberal, fue reducir todos aquellos espacios, prácticas y narrativas que nos hacen comunes: la idea de nación, de clase social. Nos ubicó en segmentos de gustos, de mercado: grupos, targets, tribus, esferas de relación, segmentos de opinión que no se tocan entre sí, cada cual con sus intereses, con sus temas y sus públicos. Si usted es rockero no habla con tuki o reggeatonero; llanero no habla con rapero. Así como en el campo del consumo cultural juvenil la segmentación se hace evidente, en el campo de la comunicación política también se palpa.

Aún cuando, la revolución ha recuperado narrativas como “patria”, “pueblo” o “socialismo”, que buscan anclar, aglutinar a las miles de identidades, grupos, sectores, segmentos, que conviven en esta nación, lo que observamos en los medios públicos y comunitarios es un suerte de reducción del registro de lo político. Si bien lo que la política produce son espacios, referentes y mecanismos de lo común, lo que miramos en los canales que conduce la Revolución Bolivariana es una reducida diatriba entre grupos: oficialismo-oposición.

Durante largo tiempo hemos estado defendiéndonos de los ataques de la oposición y los aparatos ideológicos de la derecha mundial, tarea que se tornaba necesaria en tiempos de ascenso y consolidación política de la Revolución. Sin embargo si miramos de cerca caemos en cuenta que ha sido prácticamente la única tarea de nuestro quehacer comunicacional. Pese a su necesaria activación, esta defensa ha sido muy reactiva: responder las pataletas distractoras de los adversarios pequeños pero visibles, mientras dejamos que otros adversarios silentes, encarnados en medios para el entretenimiento por ejemplo, sigan conquistando a muchos de los actores que son claves para nuestros objetivos de transformación, pero que no se enganchan con la mencionada diatriba. A estos adversarios les hemos entregado múltiples espacios  para que construyan una verdadera hegemonía mediática y cultural. Digamos que mientras nosotros invertimos mucho tiempo y recursos en defendernos de “la canaya”, hemos quedado imbuidos en una lógica de minoría que ha entregado una de las vías más poderosas a través de las cuales las clases dominantes reproducen su caudal ideológico.

Nuestros adversarios más peligrosos: los medios de “entretenimiento”. Por un lado, se han colocado como actores neutrales que dan cabida a todas la voces, a todos los sectores, que muestran las glorias y defectos de cada uno de los bandos políticos, se erigen como vanguardia comunicativa, estafando como auténticos portadores de las inquietudes del pueblo. Por otro lado, en lo político-cultural, permanentemente construyen dispositivos para cautivar a todos los públicos, a todos los segmentos, a todos los sujetos: jóvenes, niños, adultos mayores, mujeres, clases medias; y sobre todo se preocupan por hablar, hacer sentido y confeccionar el gusto de las clases populares, que son las amplias mayorías del país. Esta estrategia les ha otorgado el lugar de representantes culturales de la mayoría, fundamentalmente porque no han perdido de vista que hegemonía no es convencer sobre lo bonito, justo y digno de las ideas de un bando, de un grupo, de un sector, hegemonía es hacer resonar las aspiraciones y gustos del conjunto-pueblo.

Luego de más de una década de éxitos en la política real, hace tiempo dejó de ser un bando, hace tiempo la Revolución Bolivariana dejó de ser un grupo que se defiende de ataques de cúpulas o élites, tal como lo hizo la izquierda durante décadas en este país. Este pueblo ha dado signos claros de que la Revolución Bolivariana es el proyecto de país que tiene la mayor amplitud y destreza para conquistar la mayor cantidad de alianzas con todos los sectores en este país, pero a diferencia de las alianzas motivadas por el capital, que no se tocan o que sólo se juntan tácticamente para consolidar objetivos coyunturales orientados a la acumulación de unos pocos, la Revolución se plantea alianzas que nos devuelvan a tod@s la idea común de una nación y de una patria justa en lo social, lo político y lo económico.

La lógica de minoría que se ha impuesto sobre nuestros medios, ha estado gobernada por una especie de auto-referencialidad o autoafirmación revolucionaria que nos ha llevado a la pérdida de muchos públicos, de actores valiosos para el fortalecimiento de la base social e ideológica de este proyecto. De allí que, si en lo estrictamente político el proyecto bolivariano se ha convertido en el proyecto que mayor cantidad de alianzas y mayor capacidad de conducción política ha conquistado en la historia reciente del país, en lo comunicacional debe operar bajo los mismos esquemas.

Si tuviera que dibujar las coordenadas de una nueva etapa comunicativa plantearía la seducción, el enamoramiento de nuevos públicos, la apertura hacia nuevos sujetos, hacia nuevos formatos, hacia nuevas estrategias que permitan la resonancia de las voces más diversas. Sin embargo, no debe pensarse que la seducción de públicos, será para reproducir la segmentación, sino para crear las condiciones para un diálogo entre públicos, actores, sectores y grupos sobre la base de un horizonte común, político: la Venezuela Bolivariana.

Esto pasa por abandonar la auto-referencialidad que a veces las vanguardias tienden a reproducir, y para eso deben flexibilizarse sobre los criterios de producción de contenidos que habitan en las burocracias comunicacionales. Por ejemplo, pensar en quiénes tienen más legitimidad para hablar: ¿los actores reales de la transformación o los representantes de una gestión?. Problematizar el rol del sujeto-pueblo en su visibilización pública: no sólo como beneficiario que agradece sino como actor propositivo, creativo, pensador; eso sería un gran reconocimiento y una muestra de respeto para el pueblo.

También invitaría a pensarnos qué es acontecimiento, qué es noticia, qué se narra; cómo se narra, a través de cuáles formatos se trasmite una idea. Pero más allá de eso, hacer énfasis en el para qué se habla públicamente sobre algo, a quién se habla,  y con qué finalidad le hablamos al pueblo.

Coordenadas para una nueva etapa

En principio planteo la identificación de sujetos clave, públicos a los que debemos hablarles. Definitivamente los jóvenes de las clases populares, son actores priorizables de este proyecto, constituyen la base fundamental de la Revolución Bolivariana, en tanto serán garantía de la dirigencia del pueblo.

Considero que aún cuando la Revolución ha hecho mucho por incluir a este sujeto desde el punto de vista material, ha hecho poco por conectarse culturalmente con él. Quiere educarlo, sin antes escucharlo, sin antes conocer y respetar lo que es, esto ha generado distanciamientos que pueden producir quiebres generacionales peligrosos para la perdurabilidad de la Revolución. En este sentido, mucho podrían hacer los medios públicos en la visibilización y reconocimiento de la producción cultural barrial juvenil, y en la conexión simbólica e ideológica de este sujeto con el proyecto revolucionario. Para lograr esto creo que es indispensable registrar el gusto popular como gusto revolucionario y potenciar la propia producción cultural popular.

Como acciones concretas orientadas a conocer y respetar los gustos populares y poder registrarlos como gustos revolucionarios, propondría:

  • Fomentar los estudios de audiencias en lo cuantitativo y cualitativo, así como los estudios de consumo cultural[1]. Conocer nuestras audiencias, según los sujetos o públicos clave a los cuales sea estratégico llegar, constituiría un paso adelante en la construcción de contenidos que den potencia a nuestras políticas comunicativas, sobre todo porque serían políticas asentadas en una lógica alejada de especulaciones pretenciosas y moralizantes sobre los gustos y consumos culturales que “debe” asumir el pueblo popular.
  • En el campo televisivo, ir a la lucha por “el rating”, entendido como el número de personas que encienden el televisor y sintonizan nuestras ofertas televisivas. Mientras más personas opten por nuestra oferta cultural y política, más capacidad de incidencia ideológica tendremos. Esto supone pelear por encendidos que opten por propuestas, contenidos, discursos y formatos que den cuenta de lo que somos como pueblo en el marco de los principios que defiende la Revolución Bolivariana, pero respetando y reivindicando nuestra diversidad. Un sistema de medios no supone que todos digan lo mismo de la misma manera, supone que todos construyen un proyecto cultural que comparte un horizonte pero emplea diferentes estrategias signadas por la diversidad y multiplicidad de las realidades a las que les habla.
  • Hacer uso de todos los medios alternativos y darles un valor agregado. Potenciar los medios comunitarios y alternativos no es sólo dotarles de buenos equipos y mejores infraestructuras, también supone sacarlos de la idea de “grupo enfrentado” y excesiva “auto-referencialidad” en el que muchos invierten la mayor cantidad del tiempo, a efectos de que puedan aventurarse en la producción de diversos contenidos que se conecten con diversas esferas sociales; también pasa por fortalecer sus saberes técnicos.
  • Pensar con  más agudeza el papel de las redes sociales para el proyecto social, político y cultural, desde una perspectiva de interacción real entre las bases populares y juveniles (grandes usuarios de las redes sociales) con interlocutores múltiples, incluidos los representantes de gobierno. Foros abiertos de debate por redes sobre temas de interés nacional, conectados con diversas escalas de debate a nivel de redes sociales y medios televisivos e impresos.
  • La producción simbólica, cultural debe ser una tarea de lo más jóvenes, sus capacidades creativas, su potencial para expresar los signos de la época que viven es infinito. Este caudal de expresividad y creación debe ser acompañado y promovido por el proyecto revolucionario. De allí, que una nueva industria cultural y comunicacional en el país como garantía de la refundación cultural e ideológica del pueblo, debe ser liderada por los jóvenes, preferiblemente de clases populares. Además de ser un potente espacio de producción cultural contra-hegemónica, constituye un campo de trabajo enriquecido para la inclusión material y cultural de esta población.

[1] Aquí tenemos mucho que mirar de la experiencia Colombiana y Mexicana.

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Autor: Lorena Freitez

Psicóloga Social. Pienso y disputo sentidos comunes. Soy de Venezuela, la tierra de Miranda, Bolívar y Chávez.

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