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Flujos políticos del siglo 21

Politizar el malestar: ganar la batalla del poder del pueblo

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Dilma Rousseff nunca imaginó que después de los procesos de transformación política que vivió su país en las dos últimas décadas, tendría que volver a luchar por la democracia, aclarando: “seguiré luchando como siempre lo he hecho”. Una frase valiente, pero también lapidaria y muy aleccionadora para las generaciones latinoamericanas que nos levantamos de victoria en victoria tras el avance político de gobiernos progresistas y revolucionarios en el continente.

Lo primero que aprendemos junto a Dilma es que el poder se construye permanentemente, no sólo supone llegar al Palacio de Gobierno. El poder puede construirse de múltiples maneras, la más sólida es a través de la alianza con las mayorías, con los intereses generales, con el pueblo; es el único al que podremos recurrir en cualquier circunstancia, de hecho es el único que podrá absolver a Dilma. El poder no se ejerce en calma, sobre todo cuando va contra la marea: contra los poderes fácticos de las élites económicas. Confiar en el adversario de clase y ofrecerle un espacio en la casa, es condenarse a muerte, el interés de las élites nunca será el interés de las mayorías, y tarde o temprano ese interés privado, egoísta, se impondrá con la cara de Lucifer sobre los más de 50 millones de electores que dijeron sí al proyecto de las mayorías.

Lo segundo, que nos exige comprender la reciente situación brasileña y argentina, es que las políticas de inclusión social que clamábamos como pueblo luego de la devastación neoliberal, produjeron nuevos sujetos políticos. Y esto es fundamental: no sólo se produjo una “clase media” con acceso al consumo de bienes y servicios y altas expectativas de “ascenso” socio-económico, se produjo un nuevo sujeto con altas expectativas de inclusión política que reconoce sus derechos como nunca ningún latinoamericano los reconoció luego de masacres y dictaduras. Que cada vez es más refractario al clientelismo, la tutela y la opacidad de los partidos y aparatos políticos tradicionales. Que cada vez quiere más participación y mayor protagonismo en una gestión de lo común y lo público.

Las derechas comprendieron que la subjetividad latinoamericana mutaba a medida que cambiaban sus condiciones materiales de vida, y aún cuando los sentidos comunes políticos se edificaban al calor de las narrativas progresistas del “buen vivir”, la mezcla aún tenía mucho de los estilos de vida heredados de la influencia cultural norteamericana. Así las cosas, su fórmula abandonó la pugna por los referentes políticos ganados por la izquierda-popular, apostando por el quiebre de condiciones materiales que pudieran generar un malestar en los recientes patrones de consumo, a capitalizar políticamente

Los ataques “anónimos” a las monedas, la caotización del mercado por razones “invisibles”, y la altamente estudiada estrategia de baja de los precios de los comodites, pusieron en evidencia las falencias de economías que apenas comenzaban a ser soberanas con el control público de rentas derivadas de la administración estatal de recursos naturales. A pesar de los grandes esfuerzos independentistas de estos años, nuestras fuerzas productivas en un alto porcentaje siguen dominadas por grupos de poder económico que se incomodan, que no aceptan que esa renta que históricamente les correspondió ahora se regara entre todo el pueblo.

Y lejos de mirar los beneficios económicos que se han llevado de las gestiones progresistas, lo que pareciera ser determinante para esta casta económica es el ajusticiamiento moral de las opciones populares de estas administraciones. No perdonan que el Estado haya hecho alianzas con el pueblo, con las mayorías; condenan que el “Estado le haga o le regale todo al pueblo”.

Las grandes disputas a ganar hoy, suponen politizar en clave emancipatoria ese malestar que las y los latinoamericanos sentimos frente a las crisis económicas que vivimos, derrotando el acorralamiento ideológico al que pretenden confinarnos y dando pasos adelante en la radicalización absoluta de las alianzas con el pueblo. Se trata de desactivar los mecanismos de presión que ejercen para obligarnos a aceptar que no pudimos gobernarnos, que nuestros líderes no sirven, que claudicaron ante la corrupción; que les necesitamos como patrón, como guía, como juez y como padre; obligarnos a creer que una vez más somos ese pueblo descalzado, movido sólo por necesidad, por hambre, que no sabe, no puede y no merece decidir, que no sabe ser libre.

Confiar en nosotros, ganar la batalla del poder del pueblo, será la única posibilidad que tendremos, como mayorías, de ser partícipes de la producción de nuestro futuro.

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Autor: Lorena Freitez

Psicóloga Social. Pienso y disputo sentidos comunes. Soy de Venezuela, la tierra de Miranda, Bolívar y Chávez.

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