La ventaja que el coronavirus le regala a la izquierda

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Occidente muere de nervios porque la eficiencia con la que los chinos resolvieron la crisis del coronavirus puede llevarnos a preferir el comunismo chino autoritario antes que democracias capitalistas libres. Desde distintos análisis parece derivarse una conclusión: el miedo creará las condiciones subjetivas para el despliegue de un estado policial de máxima vigilancia y control sobre la ciudadanía.

Sin embargo, las condiciones que pudieran otorgar liderazgo político al modelo asiático no solo derivan de la aparición de una pandemia y su eficiente gestión. La democracia liberal tiene décadas en proceso de desgaste toda vez que se ha retirado del liderazgo de las soluciones a los problemas más básicos de la mayoría de la población. Y como en política no hay espacios vacíos, allí donde la democracia no está, otro modelo puede ser razonable -aceptable-para los que no disfrutan de casi ninguna de las expresiones del bienestar que vendió esta democracia.

La democracia está enferma y el coronavirus la puede matar. Su sistema inmune lo ha debilitado el neoliberalismo. Y desde la crisis del 2008 está en riesgo de desahucio. Entregar la dirección política que los ciudadanos otorgamos a nuestros representantes a una dirección económica no elegida y gobernada por intereses egoístas, ha sido su pecado original o el factor 0 de la enfermedad.

El modelo chino juega a cuadro cerrado con el neoliberalismo, subsumiendo sus lógicas. Sin embargo, supo imponer la dirección política sobre la económica logrando tomar decisiones que le permitieron llegar en mejores condiciones ante el coronavirus. Ha sacado a millones de la pobreza, ha recuperado la soberanía de la producción de todo lo que se necesita para garantizar vida digna. Ha desarrollado capacidades en la sociedad para protegerse. Pensar que esto ha sido posible solo porque existe un modelo policial de control social, no solo deja ver el desprecio a las actitudes políticas de la ciudadanía asiática, sino que esconde la brutal fuerza de este horizonte político (tan básico) para generar consensos que bañan de legitimidad a este modelo, en la especificidad de estas sociedades.

El debate, entonces, no es útil si se reduce a que la ciudadanía occidental sacrificará libertades y derechos a cambio de protección. A día de hoy la crisis legitima la restricción de libertades por la vía de los hechos. Cualquier restricción de libertades se tolera, se acepta y se considera necesaria ante la crisis sanitaria (la muerte de miles). Sin embargo, esto no quiere decir que la situación de excepcionalidad no ponga a los ciudadanos a pensar sobre sus libertades y comience a modelar sus sentidos comunes. En las circunstancias actuales, expuestos a la muerte, los ciudadanos valoran sus libertades pero no saben si están dispuestos a seguir defendiéndolas en sí mismas. Quizá comiencen a mirarlas desde un crisol más funcional y a preguntarse qué tipo de libertades les serán más útiles después del coronavirus : ¿para qué nos sirven las libertades y cómo podemos hacer un mejor uso de ellas?, ¿tenemos libertades que nos sirvan para garantizar la vida de todos?, ¿qué tipo de libertades defendemos y para quiénes?, ¿podemos ejercer nuestras libertades hoy?.

La experiencia histórica nos indica que el desenlace político de acontecimientos de tal impacto podría ser reaccionario (ausente de libertades). Sin embargo, asumiendo que el desenlace sigue abierto, luego de más de un siglo de democracias y pese a la crítica situación social y económica en la que se encuentran las mayorías, no pareciera que  las generaciones sobrevivientes al coronavirus estén dispuestas a sacrificar libertades, sobre todo cuando la crisis ha desvelado que el origen del problema está en las malas decisiones que pautó el mercado. Después del coronavirus, también podríamos ver hambre por reconquistar derechos.

En la gestión diaria de la crisis se construyen las bases de un nuevo consenso occidental. Si este consenso tiene una deriva reaccionaria, no será culpa de los chinos. La función política a cumplir por el modelo asiático será la de catalizador de la decisión política constituyente que finalmente tome la ciudadanía una vez se cierre la crisis sanitaria e inicie la crisis social y económica siguiente.

La presión ideológica del modelo asiático sobre las democracias occidentales, tal como funcionó el modelo soviético en su momento, volverá a ser determinante. En un escenario de pandemia como éste donde no queda prácticamente esfera de la vida fuera del escenario de la crisis, la derecha entiende que se juega todas las fichas ideológicas que sostienen sus dispositivos de poder y privilegios. Y como siempre actuarán con decisión, con voluntad de poder y sin miramientos. Se juegan sus bienes, pero también la posibilidad de perdurar.

Dice José Luis Villacañas que el neoliberalismo articula su poder en torno a la gestión del placer, pero cuando enfrenta la pulsión de muerte lo hace a través de las salidas que le ofrecen los populismos de derecha: odio, sadismo, militarismo y autoritarismo. Sin embargo, en esta nueva oportunidad histórica, esta derecha se encontrará en el dilema de implantar un proyecto de orden pero tendrá que hacerlo a costa de cargarse al neoliberalismo. Aún no está claro cómo lo resolverá.

La izquierda con la ventaja fáctica que le ha otorgado un acontecimiento donde la protección del conjunto es lo único que garantiza la salvación individual, está en condiciones de producir un discurso de orden que, tal como hizo Roosevelt con el New Deal, reorganice el dominio de las libertades para reequilibrar la libertad de las mayorías frente a las libertades del capital.

El encuadre político que regala el coronavirus a la izquierda solo se puede aprovechar si soporta las brutales presiones del capital que se avecinan en la disputa por los flujos financieros que la reconstrucción pondrá a circular. En esta oportunidad, una izquierda timorata y políticamente correcta, una izquierda moderada, no podrá corregir la correlación de fuerzas en el poco tiempo que tiene mientras el capital reacciona y la ultraderecha avanza. Esperamos que sea valiente, audaz y decidida. Que se atreva a sepultar al neoliberalismo. Las mayorías estarán allí, hambrientas de recuperar las libertades que les han sido robadas.

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