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Flujos políticos del siglo 21


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Latinoamérica: Ganar elecciones y la reconquista de la polarización

 

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Aún anidamos la duda respecto a si las sociedades latinoamericanas siguen polarizadas o se hastiaron de la confrontación. Los intensos procesos de movilización que marcaron las dos últimas décadas de transformación política en el continente no pasaron en vano, las su­bjetividades políticas se transformaron. Sin embargo, tendríamos que preguntarnos a propósito de lo ocurrido en Argentina con Scioli y las cerrada victoria electoral del Lenín Moreno en Ecuador, si el diagnóstico que nos ha repetido la derecha por lo menos desde hace un lustro sobre el hastío de las mayorías por la política “confrontativa” e “hiper-ideologizada” de las izquierdas en el poder y el ferviente ascenso de “los ni-ni” o “independientes”, corresponde a la realidad o es una estrategia política de socavamiento de las bases populares de estos gobiernos.

El ascenso de movimientos políticos de izquierda de carácter popular a los gobiernos de los países más importantes de la región fue producto del develamiento, la interpelación descarnada, del conflicto de clases que signa la vida social, política y económica latinoamericana. Sólo las apuestas políticas que ofrecieron encarar un conflicto social y económico de larga data, ya incontenible, que había condenado a las mayorías a la miseria, fueron las que lograron conquistar a las mayorías y tomar el poder a través del mecanismo que siempre habían servido a los conservadores: las elecciones.

La polarización social y política que lograron las fuerzas de Chávez, Evo, Correa y los Kirchner fue justamente gracias a su desobediente actuación respecto a las pautas de gestión política naturalizadas por la democracia liberal que se venía imponiendo. Los poderes no son neutrales ni independientes; quienes gobiernan optan, asumen posiciones en el conflicto político; la ciencia en la política es un instrumento de construcción de verdad y poder; la riqueza es una y se distribuye en función de intereses y fuerzas en pugna; equilibrar la distribución de beneficios en la sociedad implica restar privilegios a unos para satisfacer derechos de otros; crecimiento o desarrollo no necesariamente implican bienestar para las mayorías. Estas fueron algunas de las tesis que despertaron a miles del letargo liberal-conservador empujándoles a luchar, a protagonizar cambios profundos en las reglas del juego político y producir nuevas democracias.

Entraba una masa salvaje de gente “no política” a la política para cambiarlo todo. Los primeros años de las tomas del poder, el pueblo hecho torrente rompía los carriles que organizaban al Estado: asambleas constituyentes, políticas express para burlar la burocracia y resolver ya el sufrimiento acumulado, unión cívico-militar para apalancar políticas y blindar la seguridad nacional (sobre todo para el caso venezolano), fueron algunas de las expresiones de este desbordamiento político de los pueblos en un clamor de justicia: restablecimiento de porciones mínimas de riqueza para las mayorías y dignificación del papel político de los excluidos.

La primera reacción de la derecha fue denigrar, subestimar y criminalizar a ese pueblo calificándoles de “hordas”, “incapaces”, “malandros”, “violentos” y “feos”. No supieron leer lo que implicaba que la izquierda contara con la mayoría. En los primeros años de antagonismo político, intentaron ganar la calle con violencia y tomar el poder político a través de golpes de Estado, sin embargo, lejos de desmovilizar avivaron la polarización: las clases populares podían ver claramente el rostro retorcido y violento de las clases que si otrora los trataban con lastimería y benevolencia, hoy ante su insubordinación buscaban aniquilarlos.

Reinaldo Iturriza[i], analizando el caso venezolano, acierta cuando logra identificar el viraje de la política de la derecha. Afirma que 2007 marca el inicio de una nueva estrategia de la derecha, que implicó desactivar el conflicto de clases a través del discurso del diálogo, la pluralidad, la reconciliación y el clamor por la despolarización. Implementaron una política de trabajo en zonas populares que buscó desmoralizar a la base de la fuerzas progresistas, escuchando el normal descontento de una inclusión inacabada; construyeron un discurso que copió los referentes, prácticas y métodos de movilización de la izquierda; apelaron a encuestas y medios de comunicación hegemónicos para posicionar la idea del destacado crecimiento de “los independientes” significándolos como expresión del malestar y hastío por la política “confrontativa”; y fustigaron a los gobiernos con críticas centradas en la ineficiencia y la corrupción. Pese a todo este discurso “conciliador”, la derecha nunca abandonó la polarización como estrategia, cada contienda electoral demostró que lejos de despolarizar, más bien buscaba quedarse sola en los espacios efectivos donde ésta se construye: en las clases mayoritarias (populares). Su objetivo: parasitar en el electorado popular descontento o desatendido, con un discurso polarizador en torno al “cambio” y contra los gobiernos “autoritarios”, “estatizadores” y “corruptos”.

A la luz de los últimos acontecimientos electorales, diríamos que este viraje de la derecha sin bien no ha sido del todo eficaz, en cuanto sólo le ha permitido obtener 1 triunfo electoral de peso en los últimos 15 años (las presidenciales argentinas en 2015) y sólo 8 años después de este recambio táctico, si ha tensionado con fuerza las expectativas ciudadanas y sobre todo las formas de gobernar de la izquierda en el poder.

Lo más eficaz que logró la derecha fue poner a dudar a la izquierda de sus propias invenciones políticas, forzándole a reinscribirse en ciertos modos liberales de gobernar que: 1) antepusieron gestión a política, acusando castigo de las críticas al “populismo ineficiente” mostraron una alta preocupación por exponer números, defender obras, subirle el perfil a lo jurídico y tecnificar el lenguaje, bajándole volumen a la construcción de políticas en clave de conflicto de clase. Esto trajo como consecuencia la desorientación de las bases y el distanciamiento del tempo real de las calles, preocupaciones y demandas populares con la que siempre habían conectado. 2) Cedieron a las tesis de las debilidades de los gobiernos, sobreexponiendo la gestión gubernamental, mitigando críticas internas y reduciendo la heterogeneidad, cualidad y protagonismo de la participación popular que fue marca de su ascenso al poder. 3) Probaron anzuelo de la diminuta área política que marcaron los conservadores: se obsesionaron con la “pequeña batalla” entre grupos o cúpulas políticas como el distractor perfecto para lograr el abandono del terreno de las disputas reales: los problemas de la gente de a pie. 4) Se creyeron el cuento del crecimiento de “los independientes” y retrocedieron respecto al avivamiento del conflicto como motor de movilización electoral. Pensaron que optando por candidatos moderados que se distanciaran de liderazgos radicales, se tendría la sucesión o continuidad garantizada, trampa que quedó al descubierto ante los ineficaces efectos políticos de la relación Kirchner-Scioli (2015) y la primera vuelta Correa-Moreno (2017).

Al respecto, caben nuevas preguntas a la luz de la trampa conservadora y sobre todo ante la crisis económica generalizada en el continente. ¿Hoy desde dónde la izquierda está polarizando a sus bases? ¿La polarización que provocaron los intensos procesos de movilización política que llevaron a  la izquierda latinoamericana al poder, se mantiene y constituye una ventaja estructural de los gobiernos progresistas? ¿Se modificaron los conflictos a partir de los cuales se polarizaron amplias capas sociales latinoamericanas en la década ganada?

Aún no se logran despejar del todo estas incógnitas, sin embargo, desde ya se puede decir que: 1) en América Latina contamos con nuevos sentidos comunes políticos;­­ me atrevo a afirmar que nuestros pueblos están dispuestos a ir por más de lo conquistado y nuestros dirigentes deben colocarse a la altura de estas expectativas; 2) la crisis económica y el desgaste político en el gobierno ha modificado las expresiones del conflicto, la arena de la eficiencia y la transparencia constituyen terrenos de disputa al convertirse en definidores de la capacidad de la izquierda para resolver los problemas económicos; 3) luego de políticas significativas de justicia social e inclusión política, el conflicto de clases necesariamente se expande a nuevas expresiones que lo enriquecen y conectan con nuevos sentidos y expectativas sociales, dando lugar a agendas de luchas desvaloradas o incluso impensadas; 4) la apuesta por una polarización basada en enemigos externos, así como la polarización a partir de la lucha entre grupos, fracciones o partidos dejan por fuera el debate sobre los problemas reales de la población, produciendo extrañamiento y hastío del conflicto político.

La actitud de Rafael Correa en las seis últimas semanas de campaña antes del ballotage presidencial ecuatoriano y el triunfo electoral alcanzado, nos ha dado lecciones importantes al respecto. Después de la primera vuelta, rápidamente entendió que debía transformar radicalmente su relación con Lenín Moreno, no sólo echándose al hombro la campaña sino sobre todo poniéndole picante: acertadamente decide ir a la reconquista de la polarización, reavivando la política de confrontación como motor de movilización electoral y sumergiéndose intensamente en las calles. El triunfo electoral de Alianza País en Ecuador deja un mensaje claro a la izquierda en el continente: para garantizar la continuidad de los gobiernos progresistas y revolucionarios a favor de las mayorías, es necesario volver a la escena de la disputas reales: los problemas de la gente, y re-ocupar nuestra estrategia estructural: el conflicto y la polarización como origen de una política eficaz por la justicia.

[i] Iturriza, R. (2016). El Chavismo Salvaje. Editorial Trinchera, Caracas.


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Por nuevas ecuaciones económicas: Agricultura Urbana y la producción de muchos para muchos

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  1. La economía nos afecta ¿nosotros podemos afectarla a ella?

Para las grandes mayorías, el gran sinsabor del conflicto político-económico que sorteamos es sentir que la economía nos afecta y pareciera que nosotros no podemos afectarla a ella. Se nos convenció que los problemas económicos los arreglan los economistas que asesoran a los gobernantes y que es muy poco, insignificante y muy marginal lo que cada uno de nosotros podamos hacer.

La sacudida económica de 2016 obligó a repensar estas convicciones de indefensión económica de cualquier familia venezolana, exigiéndonos revisar nuestro papel en las ecuaciones económicas y conocer acerca de todos los factores y actores que las componen.

2016 fue el año del desengaño económico: es ineficiente esa ecuación según la cual unos pocos “dueños” de tierras, máquinas, camiones, locales y bancos producen y abastecen lo que necesitan miles, millones. La lección: esa otra economía, la economía del futuro, que permitirá romper con los bucles históricos de dependencia económica en Venezuela, es esa donde muchos producen para muchos y las reglas del mercado se someten a la acción de las mayorías. El reto: organizar, apoyar y acompañar esa producción masiva, diversificarla según necesidades, territorios y sujetos; darle un método, unas tecnologías, unas reglas, unas medicaciones justas y un valor social y moral; producir una nueva ecuación democrática de la economía nacional.

Después de un año de soportar burlas y marginaciones internas, externas, oblicuas y transversas, con 14.600 unidades productivas acompañadas directamente, 3.022 financiadas, 140.000 personas formadas en agroecología, 9.377 toneladas de alimentos producidos, y un una hoja de ruta que programa a 4 años cómo cubrir progresivamente el 20% del requerimiento anual de alimentos de los casi 17 millones de venezolanos que habitan las zonas metropolitanas del país, la gran victoria de la Agricultura Urbana en Venezuela hecha política, método y gente (agrourban@s) es, sobre todo, haber construido uno de los nuevos espacios de acción social donde esa nueva ecuación económica, que busca resolver necesidades, demandas y aspiraciones mayoritarias, no sólo puede ser posible sino que ya está aquí.

  1. Ganamos muchos más para la producción de alimentos

Si producir lo necesario a pequeña escala pero entre muchos es el principio que sostiene la ecuación de la producción agrourbana, se trataba de convencer a nuevos venezolanos y venezolanas que un nuevo modelo de producción democratizada es posible, y al tiempo que juntos podíamos responder a la coyuntura sumando kilos de alimentos, también podíamos contribuir con la economía del futuro. Más allá de las cantidades de producción, el primero movimiento de lo nuevo fue ganar sus ganas para sembrar (producir), como antídoto contra la paralización social que operó la economía desmoralizante y humillante de las élites.

La primera gran misión del Ministerio del Poder Popular para la Agricultura Urbana (MINPPAU), fue justamente ésta: en todo el país se censaron 29.426 unidades productivas que aglutinaban a 100.000 personas motivadas a producir, a través de la activación del Registro Nacional de la Agricultura Urbana. Priorizando 10 de las ciudades más grandes y pobladas del país a efectos de no distraernos de lo urbano, propusimos 13 rubros de hortalizas de ciclo corto con la clara intención de poder tener los primeros alimentos sembrados en la ciudad entre 90 y 100 días; y con la entrega de un mínimo de insumos (50 kg de semillas y 104.000 plántulas de tomate), se logró contabilizar la producción de 377 toneladas de hortalizas (tomate, berenjenas, pimentón, ají, rábanos, lechuga, entre otras) que se pudieron comer al cierre de 100 días de campaña por la producción agrourbana.

La primera campaña “100 días por la Agricultura Urbana” no fue otra cosa que una estrategia para visibilizar y acompañar un nuevo sujeto político-productivo “agrourbano” que, haciendo síntesis de lo mejor del campo y de la ciudad, ingresara al terreno de las disputas por la democratización económica. En 100 días: 1) conocimos la potencialidad de la Agricultura Urbana en Venezuela, cartografiando a los convencidos y militantes de la agricultura en las ciudades; 2) visibilizamos las capacidades del pueblo para resolver problemas, 3) despertamos inquietud y entusiasmo en los indiferentes o escépticos sobre nuevas formas, sujetos y espacios productivos; 4) identificamos los principales retos de una agricultura en las ciudades, sustentable y humana.

  1. Sí Pudimos: subir el volumen a la producción de alimentos

De 377.000 kilos en 10 ciudades a 9.000.000 kilos en 180 parroquias urbanas. Con un salto de 2.387% de incremento en nuestras propias marcas de producción damos la bienvenida a Enero 2017 que viene cerrar el primer año de este nobel ministerio.

Con la intención de saltar del deseo al hecho, en Julio 2016 lanzamos a la calle “21 semanas y ½ por las Hallacas Agrourbanas”, una convocatoria a organizarse para la producción familiar y comunitaria brindando un sentido colectivo: “produzcamos nosotros mismos los ingredientes de nuestras hallacas (plato navideño), luchemos, que nadie nos robe la navidad”. Constituyó nuestro llamado a organizar diversos sujetos, territorios y modos de producción, en el marco de la activación de una política concreta de apoyo a la producción que tuvo como sello “Hagamos una Vaca”, apelando a un método basado en trabajo compartido, apoyo mutuo, respeto y co-responsabilidad entre productores, familias y gobierno.

21 semanas dedicadas a organizarnos en seis frentes de producción a partir del acompañamiento técnico, la formación agroecológica y el apoyo financiero con más de 3.000 créditos, dotaciones de insumos y equipos agrícolas. Más de 140.000 personas formadas provenientes de familias no organizadas, grupos juveniles, Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), productores de proteína animal, escuelas y pequeños productores periurbanos, a quienes logramos acompañar de manera directa para activar 14.674 Unidades Productivas, junto a las cuales en el pasado mes de Diciembre cumplimos con el abastecimiento con ingredientes hallaqueros para 305 mil familias en 180 territorios urbanos de la geografía nacional.

  1. Apenas comenzamos: retos agrourbanos

La Agricultura Urbana venezolana para quedarse dentro de las expectativas de futuro nacional y sobre todo para convertirse en un instrumento productivo útil, debe cristalizarse como un sistema de producción agrícola urbano. Sus retos están asociados a cada momento de su cadena productiva:

  1. Innovaciones en la planificación agrícola: producir lo necesario. Calcular la producción en función de necesidades de consumo nutricional, parece obvio pero no lo es. A partir del Plan Estratégico “Ciudades Agroproductivas 2017-2021”, MINPPAU se propone cubrir progresivamente en 4 años, el 20% del requerimiento anual de alimentos de los casi 17 millones de venezolanos que habitan las zonas metropolitanas del país, comenzando en 2017 con 340.000 toneladas de alimentos en 4.360 hectáreas, que direccionará prioritariamente hacia la consolidación del Sistema de Alimentación Escolar.
  2. Desarrollar referencias tecnológicas propias o morir: el reto es lograr altos rendimientos con pocos espacios y recursos.
    1. Hoy contamos con 6 modalidades de siembra (en ellas definimos superficies, tipos de siembra, costos, fuerza de trabajo y rendimientos), se hace urgente avanzar en modalidades óptimas de producción de proteína animal.
    2. La sustentabilidad de la Agricultura Urbana es igual a avanzar en métodos fáciles y eficientes de gestión del agua para garantizar el riego.
    3. No tendremos credibilidad al hablar de soberanía, sino superamos la dependencia agrícola de insumos importados. Hoy contamos con un proyecto nacional para la producción anual de semillas (hortalizas, tubérculos, cereales y granos), bio-insumos (fertilizantes y bio-controladores), sustratos y abonos, alimento balanceado para animales y genética de rebaños alternativos como conejos y cabras. Más de 300 productores artesanales de semillas y 18 fundos zamoranos (11 mil has) convencidos para la producción de insumos para la Agricultura Urbana.
  3. Autoabastecimiento territorial como expresión de una cadena productiva agrourbana eficiente. Garantizar la post-cosecha de alimentos es lograr arrime de vegetales y proteína animal principalmente a los territorios donde se producen, y que los productores asociados puedan desarrollar el mayor valor agregado a su producción (procesamiento artesanal o industrial de productos agrícolas).
  4. Avanzar en la productividad del suelo urbano. Avanzar sustantivamente en la reprogramación productiva del suelo urbano exige activar cuanto antes el Decreto 2.496 para la afectación de espacios públicos urbanos con fines agrícolas, aprobado por el Presidente Nicolás Maduro el 20 de octubre de 2016.
  5. Construir instrumentos financieros propios de la Agricultura Urbana, que al dialogar con la integralidad de las políticas económicas optimicen el uso productivo de la renta.
  1. Miles de productores no bastan: poblemos la macroeconomía

 A un año de creación del MINPPAU, lejos de perder, hoy hemos ganado un instrumento público para apoyar y acompañar las iniciativas de un pueblo que está decidido a protagonizar las transformaciones económicas por las que clama y a producir sus propios alimentos. Hemos ganado el primer ministerio de agricultura urbana del mundo, con el cual nace no sólo una nueva posibilidad para una agricultura más sana, humana y económica, sino un nicho desde el cual construir los cimientos para nuevas formas de producción que garanticen cada vez una mayor soberanía. Nació un aliado para nuevos sujetos que, cada vez con mayor eficacia política, tensionarán por una economía para todos.

Sin embargo, sabemos que aún cuando se sumen miles de productores nuevos al sistema productivo nacional, esto no bastará para transformar las reglas del juego. Si vamos a luchar, debemos hacerlo en todas las dimensiones del conflicto económico.

Las nuevas ecuaciones económicas venezolanas nos exigen nuevos productores pero también nuevas reglas para proteger la producción de nacional de las importaciones; nuevas reglas para equilibrar los niveles de ganancias de los que más capital acumulan en el país; una política de precios, pública, sencilla y pedagógica (que todos podamos comprender) que asigne justo valor a lo producido pero también nos convierta en garantes de ese valor; nuevas reglas sobre los flujos monetarios y los sistemas bancarios. 2017 entonces, nos exige entrar en un gran debate y esfuerzo nacional por reconstruir un marco general, mucho más justo, de resguardo de la producción nacional y marcador de equilibrios en la distribución de la nueva riqueza que estaremos por producir en adelante. Esto sólo lo lograremos de la misma forma: llenando de pueblo ese desierto social que hoy es la macroeconomía.